2 de octubre de 2026

24 de junio de 2025

Tengo un lente de 300 mm que nunca voy a poder usar. Estoy sentado frente a un librero que me regalaron con docenas de libros que nunca alcanzaré a leer. Hace más de dos años que estoy parado o más bien me muevo sobre las ruinas de mi vida. “La ruina irreparable de nuestras vidas”, lo escribí después de que mi hermano me leyera un cuento de Cortázar en un hospital y nunca imaginé que esto devendría en un final tan lúgubre.

Hoy me muevo entre lo sombrío de cada día y las expresiones tétricas de lo que me sobreviene o más bien de aquello que se cierne sobre mi y está a punto de devorarme.

“Van a regar tu sangre por el suelo”. Este fragmento de sueño, el pronóstico más fidedigno, más conciso que se repite en la memoria y que se asoma casi a diario marca el ritmo de los días.

Quisiera dejar de rumiar sobre esto, desearía que las palabras que dejo sobre el papel tomaran de vez en cuando un rumbo diferente, pero la atmósfera está plagada y no existen filtros ni santuarios que me permitan ya abordar ninguna otra cosa.

Voy cada vez menos al teatro, las caras de las personas a quienes quiero se han desaparecido y los recuerdos son interrumpidos todo el tiempo por el veneno que se expresa en las ruinas de la imposibilidad, de la impotencia, de la voluntad vejada, de una vida que termina como una pesadilla de la que ya nadie despierta.

“I won’t grow old and maybe I want to”. Tomé esta simple expresión que transmite de forma efectiva lo que transito en este instante y la dejé escrita para uno de los únicos amigos que me quedan.

Él, como todos los demás, piensa que no existen maneras de terminar con una vida tan atroz y arbitrariamente. No es tanto esperanza lo que lo lleva a concluir que mi vida no se acaba, sino más bien la trampa que impone el sentido común: el mundo ficticio en el que opera una fachada de la realidad a la que todos se aferran. Creo que es por esto que ante las desapariciones masivas, los campos de concentración y demás atrocidades, el mundo sigue girando. Gracias a dicha fachada se sostiene una sociedad que de otra forma ya habría enloquecido y no lograría alcanzar grado alguno de funcionalidad.

Para un periodista, tal vez suena incoherente, pero adentrarse en el abismo del terror total, no le es posible a casi nadie más que a las víctimas y a un puñado de personas: los que operan en el aparato y quienes arriesgan la vida para ver fragmentos del mismo.

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