2 de octubre de 2026

28 de junio de 2025

Me soñé a mi mismo en mi habitación, me soñé confundido y desolado. Gritaba: “Ya lo he perdido todo”, y en el sueño no recordaba que aquello que algunos necesitan que pierda es la vida. Por alguna razón, un día la vida se convirtió en nada, pero las funciones vitales: la respiración y los latidos de mi corazón son asuntos inaceptables.

Es una sensación amarga.

Vivo con prisa y me siento atrapado. Busco la manera de dejar un rastro que no esté empapado por la asfixia pero no puedo. Estuve leyendo “Lo que queda de nosotros” y pese a que ha vuelto a remover algunas cosas en mi, de todas las representaciones de muerte que contiene el texto, aquella que más resuena conmigo es la muerte de Mancha, el perro negro atropellado por Nata. En la muerte sólo caben los ojos llorosos -tratando de entender lo que está pasando-. Lo que resta del texto me resulta ya meramente artificial. Ni la muerte ni las despedidas ni la oscuridad se experimentan verdaderamente así.

Llevo meses esperando que suficientes gestos, o una cigüeña electrocutada ensordezcan los satélites y levanten las cortinas de la sala de control. Nunca sucede así.

Consigo comprender que la humanidad es el mayor lastre que carcome toda posibilidad de futuro. Llevo también meses pensando en David Graeber y su cita “The ultimate hidden truth of the world is that it is something that we make, and could just as easily make differently”. Esta aparente facultad sin límites se torna hostil cuando todo lo que se ha hecho posible sirve solamente como instrumento para satisfacer el interés propio y la sordidez. El resentimiento, el ansia de poder y la cobardía son los únicos elementos ya que han dado forma a cualquier transformación. Es decir, una verdad antropológica que debería llenarme de esperanza me deja inmóvil, tirado en la cama.

“Cuando lo imposible es hecho posible se torna en un mal absolutamente incastigable e imperdonable”

He habitado el significado de dicho enigma, así como la confusión durante tanto tiempo, que ya no tengo puntos de anclaje con la fachada de realidad en la que opera el mundo. Es de esta forma que me encuentro aislado e incapaz de hablar siquiera con algún grado de libertad. Ésta es la verdadera oscuridad. Y esta descompone miradas y personas, nos hace morir intentando entender lo que está pasando, inútilmente, con la boca reseca y los ojos desorbitados, retorciendo los muñones, nuestros cuerpos mutilados y enfermos.

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