2 de octubre de 2026

23 de junio de 2025

Me encuentro exhausto y durante el día de hoy me dediqué a terminar de arreglar las cosas más urgentes antes de que desaparezca. Tengo dolor en la garganta y me sorprendió experimentar un momento de gozo durante el taller de danza. Resultó inesperado que el solo hecho de compartir un espacio con el mismo fin junto a otras personas durante cierto periodo de tiempo termine por generar una familiaridad que deshinibe y causa cierto grado de comodidad. Aún en estas circunstancias resulta posible encontrar cierto punto en el que me siento como una persona.

Es posible que haya tenido también relación con el ejercicio inicial “toda la atención en el grupo”.

Es de noche y me siento de nuevo aterrado, la casa que habito ha sido destruida por una oleada de profunda maldad. Un mal radical que me arrastra a la muerte, pero que en el proceso nos aliena, nos confunde, nos engaña y nos aplasta.

“La maldad humana es muy diversa y no conoce límites”: recordé el día de hoy rumbo a mi taller. Recuerdo de manera más o menos frecuente la performance que mencionaba esta declaración. En aquél momento fue un parteaguas y me dio la intención de tratar de salvar mi vida. Un esfuerzo en vano. Todas las señales que en ese momento considere que se revelaban frente a mi resultaron aplastados y ahora que estoy a punto de morir no existe nada que pueda evitar este hecho.

Aquí ya no cabe la tristeza, el desgaste acaba con todo rastro de humanidad y nos convierte en seres casi inertes. Al menos, o especialmente, a mi. Paradójicamente, o más bien, trágicamente, el desenlace de mi historia ha terminado por ser completamente opuesto al de “Kill the Fucking Bill(s)”, pese a que la trama se compone de paralelismos en todas partes. Adriana Butoi consiguió escapar del horror y la violencia huyendo hacia México y, de forma -ahora sí- paradójica, es este mismo sitio el que se usará como fosa común para enterrar mi cuerpo y la verdad.

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