Me muevo sobre un horizonte que se pudre. Camino sobre los escombros de una vida que no consigue darle sentido a los días. Me encuentro paralizado, incapaz de establecer planes que se desdoblen en el futuro.
En algún momento llegué a pensar que viajar al pasado era posible, que llegar a salvo a casa lo hubiera cambiado todo. Sin embargo, sin haber visto pasar los segundos ni los años, el tiempo se me escurre de las manos. Me enfrento con la imposibilidad de ser quien soy, siempre frente a un muro de concreto que censura e incendia mis entrañas.
Echo de menos los días en los que la vida transcurría sin más imprevistos. Extraño el olor del otoño, contemplar y encontrar valor en la observación. Ahora, si en medio de un remolino que me sostiene atado de pies y manos estoy perdiendo la vida, ya no caben las posibilidades ni las apuestas.
Solía apostar a un futuro distinto al de la miseria, soñé con una tierra distante en la que alcanzaba a vivir en libertad, sin embargo, lo que detrás de mi empieza a ocurrir es lo contrario de un día radiante. Es el anonimato y el aburrimiento de un homicidio furtivo.
Clavar estacas en el corazón, espejos rotos, cristales molidos y centenares de desahucios han marcado el ritmo de la vida. Hasta ahora, este bucle de crueldad, la sonrisa cínica de quienes ejercen la brutalidad y el murmullo enfermizo de la historia son lo único que han conseguido darle forma a cualquier manifestación.
Cuando ya no quedan testigos no puede haber testimonio, así, mi piel flácida y transparente se disuelve en el mundo material. Estoy desapareciendo desde hace quince años pero no termino de morir. He visitado la muerte tantas veces que no añoro ya un final, sino el comienzo de una sublevación.
Anoche desperté con angustia y mis ojos están ya cansados de llorar. Mi cuerpo está tambaleándose y pisando suavemente superficies sobre las que ya no queda registro de mis pasos.
Pienso en quién caminará por esta brecha cuando ya no esté, pienso en quiénes soñarán con aquella promesa con la que yo también soñé.
“Sueño con libertad”: encontré escrita esta insignia en las paredes de la universidad y desde entonces la palabra libertad no significa mucho más que una burla insolente. El ultraje, los agravios a cualquier forma de libertad son un dispositivo de violencia que yo nunca pedí y del cual no me puedo deshacer.
Busco mil maneras de encontrar la salida de los hospitales, de las bibliotecas, de los comedores y sin embargo siempre vuelvo a comenzar en el mismo lugar. Con los ojos desorbitados miro mi silueta todas las mañanas más jodida. Me deterioro a gran velocidad y sin embargo no consigo dar el último aliento ni volver a nacer.
Hoy, salgo de casa con todo lo necesario para no volver. Busco entre la ruina irreparable de mi vida algunos de los rastros para ver si es posible correr hacia atrás.
“Should I count backwards like the Mayans so I never get older?”
Suena en mi cabeza una y otra vez mientras el desgaste provocado por la violencia vuelve a perpetuarse. Cada día, cada hora, cada segundo, son atravesados por instrumentos de violencia. Un asalto a la conciencia.