No sé si los vestigios de mi vida quedarán en algún sitio o se perderán en la basura. Me despierto y tengo frío aunque la temperatura sea de 17°. Esta noche mi perro no durmió conmigo y en cambio tuve un sueño bizarro en el que me negaban servicios de salud pública. No vale la pena describirlo. Ya no sé qué es lo que vale o no la pena describir. Me descubro en verano a punto de morir. Los meses de junio y octubre siempre son terribles. Tal vez se trata de todos los meses pero intento inútilmente encontrar patrones en donde no los hay, esto para darle sentido a una vida que hasta ahora carece de sentido. Si intento estructurar una secuencia de hechos solamente encuentro una especie de niebla que se esparce con fragmentos de experiencias incompletas, rostros sin nombre, lugares perdidos, vestigios del carácter que una vez ostente.
Quisiera morir completo pero los fragmentos de lo que soy están ya desgastados y no pueden completarse. De lo que soy o de lo que fui. Pensaba, estaba convencido, de que uno está conformado por sus experiencias, pero esa convicción es completamente invalida cuando mis experiencias son irreconocibles, cuando no se pueden reconciliar para explicar quién soy.
En este momento no me comporto ni me parezco a quien fui. Si me miro al espejo se descompone la mirada porque no existe ya correspondencia entre mi reflejo y quien ahora soy.
No quiero rumiar en los horrores del pasado, pero en este momento la angustia que provoca mi muerte inminente y la coincidencia de que esté atravesando por esto justo ahora, ha invadido mi mente trayendo recuerdos de los que nunca tuve la oportunidad de hablar con nadie realmente. El 28 de junio de 2011 fue un día de terror y desde entonces, estos días siempre se sienten cargados con una sensación de amargura.
Cuando me dispararon, o más bien, al auto en el que iba, fui detenido junto con alguien que era mucho mayor que yo. Me rodearon soldados mientras desaparecían mis pertenencias.
Hace un mes o dos volví a sentir claramente el miedo que experimenté en ese momento. Tenía miedo de que algo aún más atroz sucediera, tenía miedo de ver morir a alguien, tenía miedo de moverme, apenas podía hablar. Cuado recordé esto estallé en llanto, sin embargo, el día en el que sucedió todo lo anterior no pude llorar, me mantuve rodeado de militares durante no sé cuántas horas con un nudo en la garganta y con una sensación que me paralizaba todo el cuerpo. Volví a casa y me encerré en mi cuarto, pasaron más de 12 años antes de que pudiera mencionar cualquiera de estas cosas a alguien más.
Escribo esto porque intento dejar cualquier cosa que preserve la memoria de la destrucción, del terror, de la vulnerabilidad, de una vida destruida.
Ahora encuentro que es imposible comunicar con palabras lo que sucedió. Hay experiencias que permanecen en el cuerpo de quien las vivió y es imposible expresarlas con grado alguno de exactitud.
Hoy de nuevo me encuentro aterrorizado, y de nuevo, paralizado.
Quisiera que todo esto fuera un sueño, desearía que todo esto pasara a la mañana siguiente. Eso es lo que hice cuando tenía 15 años, conseguí incluso olvidarlo todo por completo. Pero ahora, la realidad se ha tornado especialmente macabra y se siente como una jugada cruel.
Durante la adolescencia llegué a romantizar el final, pero en estas circunstancias, cualquier forma de digerir el término de mi vida ya no puede corresponder con alguna forma que no sea la del terror. Tengo miedo de morir y esto tampoco puedo comunicarlo con éxito. Tengo miedo del proceso pero también de haber al fin comprendido las implicaciones, o más bien, la única implicación: dejar de existir. Ya no despertar más.
Por mucho tiempo esto lo tenía claro; la muerte es el final de la vida, pero ahora he tenido que digerir durante meses enteros el hecho tajante de que mi vida se termina. En mis condiciones, el cinismo y la indiferencia resultan imposibles.